Por la mañana

Después de una noche lluviosa la mañana inundó el cuarto con una luz cenicienta. El  frío se posó en mi piel. Palpé el hueco de la cama que había dejado Deyanira, todavía estaba tibio, lo cual contrastó con el frío arraigado entre mis poros. Sin embargo, al escucharla en la cocina preparando el café, deseé tenerla dispuesta a dejarse llevar con caricias y besos matutinos llenos de una ligera somnolencia; quería que me recorriera lentamente con la punta de sus dedos y mi cuello se enchinara con su lengua, para después perderme en sus ojos traviesos, deseosos. Imaginaba detenidamente la forma como quería tocarla, imaginaba su cara inundada de placer y sus pechos moviéndose rítmicamente mientras la penetraba lentamente. Conforme delineaba cada roce por su vientre y su espalda el olor del café se apoderaba de la casa. No quería pararme y traerla de vuelta junto a mí, me excitaba mucho más que ella regresara y me acariciara la cara mientras con un tierno beso intentaba terminar de despertarme, para después dejar que ese tenue escalofrío sexual nos empapara de sudor.

Escuché como terminaba de servir el café y venía al cuarto, sentí como se aceleraba mi ritmo cardiaco por el aumento de la excitación. Con cada paso mi cuerpo se electrizaba un poco más. Todo lo imaginado se agolpaba en eternos segundos. El tiempo se paró justo cuando cruzó el quicio de la puerta y sus labios lentamente me decían que el café ya estaba listo.

El tiempo me traicionó y se desplegó exponencialmente, impávido, cuando ella se volteó y escuché como se alejaba rápidamente. Con cada paso el deseo se transformaba en ráfagas de frío que con el tac-tac-tac se volvieron a arraigar entre mis poros y mis imaginaciones. Con la mente inmóvil comencé a salir de la cama. El olor del café terminó de apoderarse de la casa mientras el deseo se desvanecía junto con los restos de la noche.