Latidos

En un momento dado puedo estar inclinado al precipicio de la ciudad. Es un juego de azotea en el que camino de madrugada por la orilla de la barda, balanceándome entre el rojo y el verde… entre la vida y la muerte… (cómo odio estar siempre en el amarillo).

Por entre los visillos de una persiana imaginaria quería encontrar ese momento perdido en tus ojos, pero al final solo quedaban las grietas del techo esbozando amargas sonrisas y despiadadas miradas. Otro juego que repetía sin cesar cada noche antes de salir a la ciudad para encontrarme una vez más con los amigos que, poco a poco, había ido coleccionando en las pocas cuadras que se habían vuelto mi deambular.

Fue en esos momentos, entre el filo de la azotea y los visillos imaginarios, que comencé a escribir una historia en la que yo era otro, pero de nuevo volvió a suceder que la trama, junto con los personajes, me traicionaron para volverse otros, siempre en busca de una venganza, y desaparecerme de mi propia historia. Ahora no quería seguir escribiendo porque me había perdido y todo había empezado porque deseaba encontrarme fuera de las falsas sonrisas y de la falta de valor para saltar.

Los amigos ahí seguían adentrándose entre mis sentimientos y mis pensamientos. Todo a través de rememorar, no, más bien de reafirmar nuestras aventuras a través de la noche, del alcohol y de las drogas. Siempre tratando de expresar esa electricidad que te recorre cuando trastabillas fuera de tu conciencia y de la realidad.

Esa noche, ese momento, quería descansar en el vacío de la noche, en el vacío de la ciudad, dejarme caer hasta hacerme pedazos como una copa llena de vino. No quería que una parte quedara íntegra. Necesitaba que todo se fuera a la chingada, que todo dejara de existir para por fin tener un respiro de mí mismo. Descansar del futuro, del pasado y del presente que últimamente tanto asediaban en cada esquina, en cada cuadra y en cada quicio, y que sólo podía alejarlos dentro de una cantina y con las venas llenas de alcohol, pero siempre se quedaban afuera esperándome. Infatigables porque son el tiempo que no sabe lo que es la espera y que sabe perfectamente que la mortalidad y la desesperanza solamente se posan con golpes contundentes sobre nosotros. Los amigos me habían dejado correr por mi pequeño pedazo de ciudad, sabían que ya no salía de ahí, pero lo que no sabían era que justo hoy quería que me detuvieran, justo hoy esperaba esa visita que nunca llega, justo hoy necesitaba encontrar un poco de ilusión entre el humo y la suciedad de mi existencia, justo hoy.

–Uno, dos, tres (creo que en ese número tenía que saltar, joder sí que estoy mal).

Pero justo antes de volver a la cuenta escucho una voz vacilante que me dice:

–No saltes… Hoy te estuve esperando toda la tarde con una botella de mezcal y con un paquete de cigarros. Ambos se han acabado, al igual que la espera, pero todavía quedo yo con el alcohol pulverizando todo resguardo de dignidad y una sed inagotable de fumar, y ahora que llegas, ¿te irás sin despedirte?

–Joder…