Entre plazas y lecturas

Con el tiempo fui adentrándome en el modo de ser del barrio, mi presencia fue cada vez más ubicua para los visitantes. Hasta que me volví como todos los demás, compartí la pátina de los residentes del centro, que hace que solamente entre nosotros notemos la presencia de los otros. Todavía no se bien cuáles son las características que lo hacen posible, pero uno va poco a poco perdiéndose entre el gentío.

Daba largos paseos por el barrio y me gustaba mucho sentarme en las plazas y escuchar las historias decrepitas de los vagabundos, bueno de los que todavía mantenían la cordura. También conocí a muchos otros vecinos que compartían historias de familia y de amistad. Una de esas veces, mientras leía un libro robado de Donceles, se me acerco Daniel para preguntarme qué leía. Es curioso porque no me acuerdo del libro, pero nos enfrascamos en una discusión sobre la literatura y la ciudad; específicamente aquellas obras que transcurren en el centro. El sabía la vida de varios escritores y artistas que vivieron y vivían en aquellas calles, así como bastantes obras que se entretejían entre desvencijados departamentos y esas plazas venidas a menos. Terminamos en una cantina clandestina donde estaban las gemelas y se nos unieron. Sin embargo, hubo un momento que ya no las vi y en el que me encontré cargando a Daniel por la calle de Cuba hasta un departamento casi vacío. Regresé tambaleándome a mi azotea y durante el camino no dejaban de rondar por mi mente las gemelas.