En un momento dado puedo estar inclinado al precipicio de la ciudad. Es un juego de azotea en el que camino de madrugada por la orilla de la barda, balanceándome entre el rojo y el verde… entre la vida y la muerte… (cómo odio estar siempre en el amarillo).
Por entre los visillos de una persiana imaginaria quería encontrar ese momento perdido en tus ojos, pero al final solo quedaban las grietas del techo esbozando amargas sonrisas y despiadadas miradas. Otro juego que repetía sin cesar cada noche antes de salir a la ciudad para encontrarme una vez más con los amigos que, poco a poco, había ido coleccionando en las pocas cuadras que se habían vuelto mi deambular.
