Amigos…

He escrito varias versiones de la misma historia y nunca se las enseñe a los demás. Creo que ha sido una obsesión sobre mi reconocimiento. Aunque tengo que aceptar que todo cambió aquella noche que nos metimos en un galerón a escuchar historias sobre poesías añejas y sobre poetas agrietados que añoraban a un amigo muy muerto (cosa que no sabía yo) y muy famoso –Tiempo después aprehendí parte de las sensaciones que deambulaban por el sitio al releer Los Detectives salvajes– Esa noche, como muchas otras que le siguieron, buscamos alcoholizarnos en un bar sórdido y maltrecho vigilado por meseras piernudas y escotadas.

Solamente nos bebimos unas chelas y disfrutamos del reconocimiento entre desconocidos. De hecho, respecto aquella conversación, apenas me acuerdo de retazos referentes a amigos ausentes y novias en proceso… Sin embargo, en un lapso muy corto, el centro se convirtió en el emblema de una búsqueda insaciable de nuevas experiencias. Reconfiguramos un espacio, gastado por los años y los trajes anquilosados de las cantinas, en un tiempo acelerado por emociones alteradas del alcohol y las drogas. Desde aquella noche nos convertimos en D arraigados en una ciudad parte ficción, parte real y parte alucinación. Desde aquella noche nos convertimos en amigos…